REDUCTO
REDUCTO por Omar Sandoval, Guatemala
Aunque en mi juventud me enteré de la destrucción de los reductos
guerrilleros por parte del ejército, fue
hasta hace pocos días que volvieron los recuerdos, ahora que ya soy una persona
entrada en años. El paso del tiempo tiene sin duda la cualidad de hacer ver las
cosas desde otra perspectiva. Aquí está
mi versión de este hecho ocurrido el 13 de enero de 1984, en una de las épocas
más sangrientas y vergonzosas de nuestra historia como nación.
—En este lugar fue donde todo pasó- me dijo mi amigo Braulio, periodista e
historiador.
Lo que queda de aquella casa de esquina entre la séptima avenida y la
cuarta calle de la zona dos, son solo unas paredes rotas y oquedades en lo que
antes fueron ventanas, por las que se logra ver la maleza montaraz invadiendo
los cuartos: aquí la sala, allá la cocina y el comedor, al fondo los dos
dormitorios.
—Desde la Calle Martí dispararon las tanquetas, e
hicieron añicos los muros. El fuego de la artillería estuvo activo por dos
horas, mientras los Galil disparaban a discreción haciendo reventar los vidrios
y alcanzando los cuerpos de los guerrilleros.
—Dos tanquetas y 20 soldados disparando, y un
helicóptero como apoyo aéreo. ¿No era mucho lujo de fuerza bélica para tres
combatientes de ahí adentro? - pregunté a mi amigo, pero él guardó silencio.
—Sin duda fue algo épico- le dije a mi amigo- Me refiero al momento que vivieron los
combatientes en el interior de esa vivienda. Imagino la lluvia de balas y
cañonazos, como en la hazaña de los 300 hombres de Leónidas en el Paso de las
Termópilas,
—Sin duda fue así- concluyó Braulio. —Sabían que había
llegado su hora, y esa asimetría en el número de combatientes y de armamento le daba a ese instante un carácter heroico.
— Aquí quedó tendida Alberta- dijo mi amigo-
señalando el área de la cocina – su cuerpo estaba destrozado por las balas y
por el ripio. Debajo de su cadáver se encontró el fusil.
(… llevé a Marisol a la Casa del Niño a las seis de la mañana. Ahí la
cuidan muy bien y le dan alimentación. “Te portás bien”, le dije y le di un beso en su mejía. “No
te vayás, mami” dijo ella; era la frase de siempre, pero esta vez se me
prendió a las piernas y no me quería soltar. “Ya me voy, mija, vengo en un ratito”, le aseguré, pero
no volví. Aquí estoy en este fuego cruzado, esperando que me alcancen las balas.
Sin duda son muchas las que llevan mi nombre inscrito en el plomo. Por la ventana diviso una tanqueta sobre la
Calle Martí. Veo el fogonazo y después el estruendo y los vidrios hechos
pedazos. Agarro mi fusil y disparo. Sé que es inútil, pero quiero morir
empuñando mi arma).
—(¡Hoy nos morimos, amigo! Le grito a Jorge, quien
está con los pertrechos en el buzón. “Algún vecino nos chilló de plano”.
Es lo último que alcanzo a decirle porque ha comenzado la guerra. Me duele el
brazo izquierdo en donde acabo de recibir un proyectil de alto calibre. La
sangre brota a borbotones y me cuesta mantener mi fusil en posición…)
—Según información recabada por el ejército -acotó
mi amigo Braulio- Joaquín era estudiante de medicina en la Universidad de San
Carlos, pero solo nominalmente. En realidad, se le veía poco en las clases.
—¿Y Jorge, el otro joven?
—Fue quien más resistió. De hecho, logró herir a
tres soldados y provocar una herida en sedal al coronel Bustamante quien
dirigía el operativo. Dicen que al final de la trifulca, Bustamante entró a la
casa y entre los escombros encontró el cuerpo sin vida de Jorge, bastante desfigurado,
pero a pesar de eso, desenfundó su escuadra y la vació sobre la cabeza del
guerrillero muerto, mientras pronunciaba palabrotas y maldiciones.
(“Ya te escuché, compañero”, le digo a Joaquín. “Aquí vamos a
quedar muertos. Me alegra morir con el fusil en las manos”. Veo un fulgor
que emana de una de las dos tanquetas que están apostadas sobre la Calle Martí.
Siento un golpe en la cara, ¡se acabó!).
—Joaquín tenía todavía el dedo en el gatillo, según
se comprobó al allanar la vivienda destrozada. Yo tuve la oportunidad de ver a
los tres. En ese tiempo era corresponsal de la agencia Reuters, y tenía
autorización de las autoridades castrenses para dar las noticias a nivel
internacional.
—Hubo un momento durante la trifulca- me explicó
Braulio- en el que vimos una columna de humo negro que salía por una ventana
rota de la vivienda o lo que quedaba de ella. El coronel Bustamante dijo: “Esos
pisados están quemando la propaganda y documentos importantes, hay que entrar
antes de que se deshagan de todo”. Una hora después cesaron los disparos de
adentro. Bustamante dio la orden de detener el fuego. Junto con un grupo de
diez soldados, fusil en mano, entraron a la casa. Todo estaba devastado. Media
hora después dejaron entrar a la prensa. Fue cuando entré yo y tomé nota de lo
que había ahí adentro, quiero decir de la escena desoladora, de la destrucción
total, del final de las tres vidas.
Así concluyó su relato mi amigo Braulio. Nos despedimos con un fuerte
abrazo. Él se fue caminando hacia el parque Morazán, por donde había dejado
aparcado su vehículo. Yo me quedé unos minutos más para que mi mente terminara
de reconstruir lo que ahí se había vivido. No sé si sobre las ruinas de esa
vivienda que en un tiempo fue un reducto guerrillero se construirá alguna vez
otra casa y nadie sepa o recuerde lo que en ese espacio ocurrió. Tal vez se
escuchen en las noches los gritos de guerra de Alberta, Joaquín y Jorge, o
quizá son suposiciones románticas de un escritor que quiere que pervivan para
siempre historias como estas, que marcaron a sangre y fuego una época casi
olvidada de nuestra historia.
Comentarios
Publicar un comentario